Miguel Ángel Ortez
No porque en las Segovias el clima fuera frío,
tuvo este Miguel Ángel, en las venas horchata.
Cierto que cuando niño, supersticioso y pío,
sonaba en las purísimas su pito de hojalata.
Pero ya crecidito, cuando el funesto trío,
permitió que a la patria hollara gente gata,
en nombre de la selva, de la ciudad y el río
protestó Miguel Ángel, la cutacha, la reata.
Murió en Palacagüina peleando mano a mano
bajó desde las nubes más de un aeroplano
y tuvo en la cruzada homéricos arranques.
Usaba desde niño pantalones de hombre,
y aún hecho ya polvo, al recordar su nombre
se meaban de pánico los yanques.
La admonición gritada en las esquinas
Fraterno lustrador, deja tu pasta.
¡Poeta, oculta tu cepillo!
Es hora de pedrada y de cuchillo,
de decir: ¡alto ahí! y de decir ¡basta!
Que no haya división, que no haya casta
de rico y pobre entre la pobre gente.
Es la hora roja del iconoclasta:
Hora del llanto y del crujir de dientes.
Hora de huevos podridos y gengigres
y de mujeres con los brazos en jarras;
hora de pueblos libres
que al fin han soltado sus amarras.
Romance burlesco de don Pedro Altamirano
¡Noble señor hidalgo, don Pedro Altamirano
de piel retinta y rudo bigote, General!
¡Sacad, don Pedro, el vuestro acero segoviano
que voy con vos, a muerte, el mi acero cruzar!
A la luz de esta luna, mi señor de Altamirano,
veremos quién de entrambos consíguese matar.
¡Cielos! que a poco toca vuestra mano.
¡En guardia, que os ataco, mi señor General!
Fuimos en tiempos añejos, General, adversaios
cuandos vos tremolábais un pabellón corsario
y yo, por doña Elvira, hilaba un madrigal.
¡Ay, mi señor don Pedro! Si con ese pretexto
evocáis el lejano siglo décimo sexto
veredes presto agora cómo os voy a matar!