Prosa



JUSTICIA*

Durante sesenta años, es decir, casi desde que la industria del café comenzó a perfilarse como producto de exportación, los plantadores nicaragüenses han venido ensayando un sistema de trampas. No se trata de esa explotación convencional que consiste en pagar malos salarios, dar alimentación inadecuada y hacer vivir a las dolientes peonadas en porosas barracas, sin camas, por donde el frío entra para burlarse del fatigado sueño del bracero cuando no es el jelepate que atormenta su vigilia con su lenta, interminable sangría. Esta explotación ha sido aceptada por la víctima como un mal anexo a la tortura del vivir. La peonada acepta porque ha sido ungida de resignación a través de la milenaria sentencia: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente.” Come así, el mozo, la insípida tortilla de maíz, apenas comestible por la sal de su propio sudor que es una caloría perdida. Pero a más de esa explotación que podemos decir natural, el peón ha sido sistemática y largamente estafado por los millonarios cafetaleros. Parece una irrisión asegurar que un millonario puede estafar a un peón que apenas logra zafarse de mendicidad. Pero así es. El bracero entrega el fruto colectado por su esfuerzo, y el “apuntador”, debidamente autorizado por el patrón, inscribe en su libreta un porcentaje menos de lo que el peón le entrega. Para comprender hasta donde llega este sistema, piénsese en el total que una industria cafetalera en crescendo ha exportado al extranjero, para deducir el monto a que asciende la suma estafada a unos pobres peones en sesenta años. Y los que han venido montando estas trampas de increíble sordidez no son, como parecería natural, elementos de pobre extracción. Sus integrantes pertenecen a las clases más cultas del país. Educáronse en Europa, ganaron títulos en universidades americanas y gozan de sólido crédito económico en el extranjero y honorabilidad convencional dentro del país.

Asistimos con frecuencia al caso del hombre anónimo que roba un bocado para calmar el hambre. Entonces la sociedad irritada, delega en el implacable Javert de Los Miserables para que la represente, garrote en mano, y señale al vencido el camino de las galeras. Purga la condena. Y al salir, quizá con el ánimo de regeneración, todavía continúa el pobre ratero arrastrando el cadáver de su culpa, con una ficha policíaca prendida a la humillada frente como una estrella de maldición.

Es demasiado. Señalamos con ánimo decidido a los culpables. No es sólo el comunismo el que taladra los maltrechos galeones democráticos. Es también nuestro “sagrado supercapitalismo” el que está golpeando los tablones de las naves por las vías abiertas, el agua se precipita. Los escritores somos los pilotos y no abandonaremos así no más las naves. Estemos con el pueblo. El pueblo es un inmenso niño que necesita ternura.

*Publicado en El Gran Diario, año I, Nº 55, Managua, martes 22 de enero de 1952, p.1.
Tomado de "Solo en la Compañía".